domingo, 11 de octubre de 2026

La cuenta atrás nunca termina: Europe celebra 40 años de The Final Countdown

 No hay nada como estar en el momento justo y el lugar adecuado. Suecia posee muchísima tradición musical, especialmente desde que ABBA se coronara como reyes del pop, después llegaría el dúo Roxette, el indie de The Cardigans y el ritmo más bailable de Ace Of Base. Entre medias se colaba el rock melódico de Europe y un sinfín de artistas relacionados con el dance y el metal: desde Avicii o Swedish House Mafia a Ghost u Opeth. Un país donde se aprecian los buenos discos sin importar el estilo. Y ahí, en casa, es donde despuntó Europe en sus dos primeros trabajos.

El tercer álbum llegó en el instante oportuno. A mediados de los 80 el rock era popular. A mediados de los 80 el pelo largo era atractivo. En cualquier momento un hombre sueco joven con el pelo largo iba a ser popular y atractivo. Este quinteto de nórdicos conquistaban Europa, haciendo honor a su nombre, y particularmente a España, con un hard rock muy accesible, similar al que ejecutaban Bon Jovi o Whitesnake, cuyas fotografías empezaban a compartir espacio en las paredes de muchos adolescentes.

'The Final Countdown' (1986) fue un éxito absoluto. Un trabajo notable con un ramillete de temas muy interesantes por parte de un grupo que ha luchado muchas veces por no ser considerado un One Hit Wonder, es decir, una banda a la que solo se le conoce por una canción, la cual pudo quedarse escondida en un cajón acumulando polvo y que pasó a ser todo un icono global.

Con motivo de los 40 años de la publicación de 'The Final Countdown' y después de idas y venidas de los integrantes y de silencios creativos, Europe se ha embarcado en una gira para recordar los grandes éxitos, interpretar entero su mejor vinilo, uno de los más importantes de aquella era, para cerrar el espectáculo con un himno Patrimonio de la Humanidad. Un plan perfecto.

Europe + The Damn Truth en La Cubierta de Leganés (Madrid), 10 de octubre de 2026 

El hard rock con aroma añejo de los canadienses The Damn Truth precedía a los escandinavos en una noche de sonidos de otras décadas, aunque Europe también quería mostrar en el coso de La Cubierta de Leganés, en esta ocasión parcialmente descubierta, lo que han sido capaces de hacer desde 2003, cuando volvía la alineación clásica con Tempest, Norum, Levén, Michaeli y Haugland para firmar una segunda etapa muy desconocida para el gran público.

La guitarrera Scandinavian Eyes, sacada del 'Come This Madness' (2026), y con ramalazos a lo Medina Azahara o Triana en los teclados y orquestación, ejercía de tarjeta de presentación de los suecos junto a Walk The Earth, otro corte moderno y sinfónico, de 2017, con el objetivo de mostrar su más reciente legado.

Superstitious tiene un estilo descaradamente ochentero y un aire a Whitesnake en el tono de voz de Joey Tempest muy parecido al de David Coverdale. El viaje de vuelta al siglo XXI se realizaba con Last Look At Eden, menos épica que en estudio, y War Of Kings recordaba que no siempre han abrazado el rock más melódico y a veces se han pasado a un lado más experimental e incluso progresivo, gracias a las seis cuerdas que tan bien toca John Norum.

Prisoners In Paradise se asomaba como una cara conocida en la fiesta ante los menos conocedores de la discografía de la banda. Un bonito medio tiempo que arrancaba sin guitarras y encajaba bien con las pegadizas The Cult Of Ignorance —con trazas de Def Leppard en los coros— y On Broken Wings, una antigua cara B de 1986, para que hubiera un poco de cada.

Era el instante del concierto en el que un radiocasete imaginario se ponía en marcha para darle al reproductor y tocar 'The Final Countdown' en el mismo orden que la obra original, solo que empezando por Rock The Night y siguiendo con la grandísima balada Carrie, aunque los mecheros iluminados hayan sido sustituidos por luces artificiales de móvil. Estéticamente hemos perdido, aunque se haya ganado en seguridad. 

Danger On The Track ofrecía un divertido número teatral y humorístico, como si el quinteto estuviera en un local de ensayo, con el personal de la gira apareciendo para ofrecer comida, cambiar el pie del micrófono, con el que Joey Tempest jugaba como si fuera una majorette, o incluso los platos de la batería. 

La aplaudida Ninja, junto a Cherokee, con una atmósfera muy a lo Van Halen, tenía su contrapunto en Time Has Come, con Tempest luciéndose con la guitarra acústica. Ahora Heart Of Stone, On The Loose y  Love Chaser no cerraban el álbum, porque el último brindis estaba reservado desde hace mucho tiempo.

La cuenta atrás marcaba el desenlace con este regreso a mediados de los 80, como si fuera un DeLorean, a través de este himno atemporal e intergeneracional que suena a otra época, por ejemplo a las campanadas en Estocolmo en el fin de milenio, porque The Final Countdown es una radiofórmula eterna con su mítico estribillo que seguro estás tarareando en este instante, aunque no hayas estado esta noche en Leganés.


jueves, 1 de octubre de 2026

Pasaron 30 años, sin Placebo y sin móviles no somos nadie

 Dicen que hay que volver al sitio donde uno fue feliz: a veces no es solo el lugar, son las sensaciones. Dicen que un placebo es una sustancia o tratamiento sin valor médico que te hace mejorar porque crees que funciona.

El grupo Placebo siempre funcionó muy bien, desde sus inicios, creando maravillosas sensaciones con un rock alternativo en ocasiones muy melancólico pero que ha hecho muy feliz a sus seguidores. Ahora, 30 años después de su homónimo álbum de debut, Brian Molko y Stefan Olsdal nos devuelven a su pasado discográfico, al espacio donde fuimos felices.

Placebo + Elisabeth Elektra en el Movistar Arena (Madrid), 1 de octubre de 2026 

La idea de Placebo para este tour no es novedosa. Molko y Olsdal quieren homenajear estas tres décadas sobre los escenarios tocando canciones de sus dos primeros trabajos: 'Placebo' (1996) y 'Without You I'm Nothing' (1998), con el que sedujeron al mismísimo David Bowie, casi nada. Y eso son palabras mayores, porque el éxito ha sido vasto y a la vez comedido. Nunca han llenado estadios ni su merchandising ocupa millones de estanterías, pero su calidad es incuestionable. Una banda de culto masivo. Un 'mainstream' entre minorías, especialmente fuera del Reino Unido. La contradicción por bandera, como una pastilla no hecha para curar, pero que cura. Es decir, un Placebo.

Uno no sabe cómo actuar cuando escucha a Placebo. No sabe si reír, si llorar, si mirar al infinito o las tres cosas a la vez. El Movistar Arena, antiguo WiZink Center y perpetuo Palacio de los Deportes, recibía al belga de nacimiento, nacionalizado británico y estadounidense, Brian Molko, y al sueco más madrileño del planeta, Stefan Olsdal. Tan internacionales como algunos de sus temas.

El electropop de la escocesa Elisabeth Elektra precedía al repaso por los dos primeros álbumes de Placebo, como si fuera 1998 de nuevo y el nuevo milenio nos estuviera esperando. Sin móviles. Una exigencia habitual del grupo y que esta noche adquiría un especial sentido por este imaginario retroceso en el tiempo a 1996. Disfrutando del momento y la gente aceptando el reto de no sacar fotos ni grabar vídeos. Disfrutando de los primeros acordes de Pure Morning, con el que iniciaban el homenaje a los exitosos comienzos de la formación. Desde el estilo más sucio e influenciado por el grunge de 'Placebo' al más melancólico y maduro del 'Without You I'm Nothing'.


Sonaban Come Home, You Don't Care About Us, Bionic, con ese maravilloso solo de guitarra tan noventero y tan propio de la música que se cocinaba en Seattle en aquel momento, Without You I'm Nothing, palabras mayores ante esta maravilla, Allergic, un casi irreconocible 36 Degrees con un tempo muy distinto y ese registro tan personal que tiene Brian en su voz... si fueran jugadores de baloncesto, el Movistar Arena estaría viviendo un partido de las estrellas. Un All-Star Game en toda regla. Molko y Olsdal se intercambiaban los papeles y guitarras constantemente, con unas perennes reivindicaciones tanto políticas, con guiños a Palestina o Ucrania, como sexuales, suponiendo otra de las firmas habituales de la dupla, cuyo aspecto andrógino y ambiguo ha arrastrado tanto fieles como detractores.

La lista no paraba: I Know, que mejora en directo con los años y es otra de las cualidades de este dueto en la actualidad, aunque convertido en sexteto para el tour, porque dan un toque distinto a sus temas en vivo que en el estudio. Lo cual se agradece y es casi una rareza en un panorama musical más dado a llevar partes pregrabadas que a interpretar de otro modo sus propias canciones. 

Era el momento de las piezas menos habituales de estas décadas y que han recuperado su hueco en el repertorio para lucirse como se merecen: Scared Of Girls, la destructiva y a la vez reparadora My Sweet Prince, Lady Of The Flowers, la reciente Helen Keller, que ahora sale a la palestra como nuevo single tras haber sido una pista oculta. Mientras que Bruise Pristine y Nancy Boy aceleraban el espectáculo a su primer final.


El bis concluía con el guitarreo espectacular de Every You Every Me y dos versiones clásicas, ahora llamadas covers para que parezcamos más modernos: el erotismo de I Feel You de Depeche Mode y el que usan para cerrar los shows, que no es otro que el embrujador Running Up That Hill de Kate Bush, el cual bordan espectacularmente, como todo lo que tocan Molko y Olsdal. Un par de reyes Midas que no paran de recetarnos su mejor medicina en píldoras musicales desde 1996, cuando apenas había móviles.


viernes, 25 de septiembre de 2026

The Sisters Of Mercy: himnos oscuros que no pierden el tren

The Sisters Of Mercy pertenecen a ese selecto grupo de bandas que pueden presumir de ser un referente en su género. Y es que aunque al cantante británico Andrew Eldritch, único miembro original de la formación, no le guste la etiqueta, el rock gótico debe mucho a Sisters, como se lo debe también a Bauhaus, The Cure, Siouxsie and the Banshees o Fields of the Nephilim.

 Otra de las curiosidades de los Sisters es que sobreviven gracias a su patrimonio musical. Un legado que no es amplio, de apenas tres álbumes de estudio, pero que ha seducido a varias generaciones con su atmósfera oscura y envolvente. Es más, el último trabajo es el 'Vision Thing' (1990). Más de siete lustros viviendo de las rentas sonoras, como un buen ahorrador que invirtió bien sus dividendos.


The Sisters Of Mercy + Real Farmer en la Sala Wagon (Madrid), 24 de septiembre de 2026

La Sala Wagon, situada en el ático de la Estación de tren de Chamartín, fue en el pasado la mítica Sala Macumba. Una curiosa metáfora de la trayectoria de The Sisters Of Mercy, legendarios hasta finales del milenio y con una fiel legión de seguidores, siempre teñidos de negro, que no abandonan a la hermandad.

Pero primero fueron los neerlandeses Real Farmer los encargados de comprobar el estado del local y del público con una ejecución muy heredera del punk y una actitud rebelde que recordaba por momentos, en el plano estético, a Eddie Vedder en los primeros Pearl Jam. Cumplieron, sin más.

Después le tocaba el turno a los hombres de oscuro —en este caso los guitarristas Kai (japonés) y Ben Christo (inglés), acompañados por el propio Andrew, cómodo e incluso sonriente—, quienes, lejos de ser previsibles, tiraron de un repertorio en el que se mezclaban los himnos de toda la vida, rarezas y alguna joya que nunca ha entrado en ningún disco oficial. 

First And Last And Always era la primera de una sorprendente lista donde se cruzaban obviedades como la minimalista y contundente Alice, siempre muy celebrada, junto a piezas más inéditas con una gran melodía como Don't Drive On Ice o I Will Call You, nuevo guiño post-punk que bien habrían firmado The Mission, si me perdonan el comentario. Todo fluía, aunque gran parte del sonido estuviera enlatado a través de la caja de ritmos denominada Doktor Avalanche. Otro más de la familia, en este caso desde las sombras.

En Eyes Of Caligula y Quantum Baby se nota la entrada del nuevo siglo. Se palpa que son cortes nuevos de las últimas giras donde distintas influencias, incluso más metaleras, inspiran la nueva era. Ambas hacían de prólogo para More, con esos sintetizadores e inconfundibles coros alargando el clímax. Es aquí cuando el público madrileño se hizo sentir. También con la dulce Here, que combina muy bien la guitarra española con la eléctrica.

El tramo final llegaba con On The Beach, I'm On Fire y el hedonismo que contiene Temple Of Love, con la cual se daba paso al necesario receso para los músicos e innecesario para el aficionado, quien ya ha entrado en ebullición y necesita mantener la temperatura.


Los bises eran esperados y también inesperados, muy a la altura del setlist de la noche. Colours, de la etapa de The Sisterhood, para acabar con dos grandes éxitos —si es que el resto no lo eran— como Lucretia My Reflection, con las guitarras llevando el timón a buen puerto, y ese eterno repique que es This Corrosion. Una clásica manera de terminar un atípico repertorio de un singular grupo que mantiene siempre su encanto y sello propio.


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