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sábado, 31 de marzo de 2012

Los 80: la década dorada del baloncesto europeo

El decenio que elevó el baloncesto a un espectáculo sin precedentes, se iniciaba con la séptima Copa de Europa del Real Madrid, que por primera vez peleaba el título ante el Maccabi. Sólo el Bosna Sarajevo había podido hacer sombra a ambos equipos durante la ronda de clasificación.

La segunda Copa 'maccabea'
Los ‘maccabeos’ jugaban casi de memoria, con un quinteto clásico que duró casi un lustro, los Aroesti, Berkovich, Perry, Silver y Williams tenían clase, conjunción y entendimiento pero les faltaba el premio mayor que llegó un año más tarde, en el curso 80-81. El rival, la Virtus de Bolonia. Un partido marcado por la polémica, que sirvió para colocar la segunda Copa en la vitrina israelita.


Cantú emulando a Varese
Imitando la gesta del Varese, otra pequeña población italiana llegaba a lo más alto. El Cantú había cosechado grandes éxitos en la Recopa y Copa Korac, pero faltaba la guinda que se tradujo en un histórico doblete de la Copa de Europa de campeones de Liga (1982 y 1983).

El equipo se apoyaba en jugadores italianos como los incombustibles Marzorati (22 temporadas), Antonello Riva (16) y Bosa (15), ayudados por norteamericanos como Brewer o Flowers. El segundo entorchado europeo consecutivo, bajo el nombre comercial de Ford Cantú, fue ante el Olimpia Milano, en un ajustado final.

Cantú, Milano, Copa de Europa

No hay juego: la Banca gana 
Al año siguiente (1983-84), era otro club italiano quien tomaba los laureles, el Banco di Roma, bajo la pletórica batuta del base Larry Wright. En aquella final de Ginebra, los 31 puntos de Epi fueron insuficientes y el Barça iniciaba su maldición con la Copa de Europa, como un amor platónico que parecía imposible de conquistar.

La plata angelina
España tuvo su ración de gloria con la plata de los JJ.OO de Los Ángeles en 1984. Nuestra selección y clubes eran una de las potencias del viejo continente, con referencias como Epi o Fernando Martín. Y aquel metal supo a oro porque los norteamericanos con Patrick Ewing, Abdul-Jabbar y Michael Jordan parecían jugar a otro deporte, más divino, menos humano, e inalcanzable para el resto de los jugadores.

La Cibona de Petrovic
En la antigua Yugoslavia, la Cibona de Zagreb se iba a convertir consecutivamente en doble campeona de Europa (1985 y 1986). El nuevo sistema de puntuación, con una línea de triples a 6’25m del aro, y la genialidad de un jugador único, diferente, irrespetuoso, desequilibrante y genial como Drazen Petrovic, escoltado por su hermano, Alexander, quien solventaba los ataques croatas cuando éstos se atascaban y apoyado por jugadores como Cutura o Cvjeticanin, que eran el complemento perfecto a una maquinaria de jugar al basket.
Drazen Petrovic, Cibona Zagreb
El 'genio de Sibenik' con la camiseta de la Cibona.
Petrovic contra Sabonis.
La final entre la Cibona Zagreb y el Zalgiris Kaunas en 1986, llegaba envuelta en un clima hostil entre ambas plantillas. En el equipo soviético, actualmente lituano, se encontraban tres jugadores fundamentales Kurtinaitis, Homicius y un colosal Sabonis. La estrategia de los balcánicos era clara: intentar sacar del partido al 'Zar', y lo consiguieron cuando reprendió una agresión a un compañero con un puñetazo, que le condujo a abandonar el partido y facilitar el segundo título para la Cibona.

Sabonis, Cibona-Zalgiris
Expulsión de Sabonis en la final europea de 1986.
La Cibona se convirtió durante esta etapa en la pesadilla de los clubes españoles, en especial para el Real Madrid quien decidió en 1988, a golpe de talonario, convertir al villano Petrovic en héroe.

La guerra fría traslada a las canchas
En el campeonato del Mundo de baloncesto de 1986, celebrado en España, tuvo un capítulo final fiel reflejo de la situación política: las dos super potencias del planeta se medían en Madrid. Estados Unidos contra la URSS. El campeonato cayó del lado norteamericano, por un apretado resultado, ante una selección soviética en la que contaba con figuras como Valters, Volkov, Tkachenko, Kurtinaitis, Chomičius, Tikhonenko y ese gigante capaz de moverse con soltura en la pintura: Sabonis.


Los dioses griegos del basket
Ningún representante heleno se lograba colar en las finales de clubes de la máxima competición, pero la selección griega, apoyada en un bullicioso público del Palacio de la Paz y la Amistad de Atenas, llevó al combinado nacional al Olimpo, coronándose como reyes de Europa en 1987. Con nombres ilustres como Nikos Galis, Panagiotis Yiannakis, Panagiotis Fassoulas o Fanis Christodoulou.

Nikos Galis, Hellas, Grecia, 1987
Nikos Galis, durante el exitoso europeo de la selección helena en 1987.
La memorable 'final four' de 1988
El doblete de la Cibona fue continuado por el Tracer de Milán, que se apuntó a la moda de coleccionar campeonatos de manera compulsiva (1987 y 88), ambos frente al Maccabi, el primero a único partido y el segundo en una espectacular final four, que volvía a implantarse como sistema de competición, fórmula heredada del baloncesto universitario norteamericano

Aquel campeonato de 1988 mostraba lo mejor del continente: con el Partizán de Belgrado, comenzando a exhibir sus aptitudes (Divac, Paspalj y Djordjevic), la anarquía del Aris de Salónica (de Gallis y Yannakis), la veteranía del Tracer-Philips Milano (Mike D'Antoni, Mike Brown, Dino Meneghin, Ricardo Pittis y Bob McAdoo) y el siempre combativo Maccabi Tel-Aviv (Doron Jamchy, Berkovich, Kevin Magee, Motti Aroesti y Kenny Barlow). La nota anecdótica la pusieron los aficionados del Aris, animando de espaldas durante gran parte del partido final entre la Philips y el Maccabi.

Popularizando Split 
La tendencia de conquistar dos Copas de Europa caló en una hornada de jugadores que había ido aprendiendo de los errores de su juventud y de las derrotas, hasta que el cascarón se rompió para mostrar con orgullo el nombre de su población: Split.

La Jugoplastika o Pop84, nombre con el que se conocía al equipo yugoslavo (actualmente Croacia) se llevó los títulos de 1989, 1990 y 1991 con grandes nombres como el versátil Toni Kukoc a quien acompañaban los Perasovic, Tabak, Radja, Savic y Dusko Ivanovic. Dirigidos por un extraordinario técnico como Boza Maljkovic que se convertía en habitual verdugo de un gran Barça, donde Epi, Audie Norris, Solozábal, Montero y Sibilio tocaban las puertas del cielo sin poder entrar.

Toni Kukoc, la elegancia del baloncesto de Split.
Cita de bombarderos en Atenas
Esta gloriosa década tuvo un capítulo, a modo de epílogo, casi irrepetible con la final de la Recopa de 1989 entre el Real Madrid y el Snaidero de Caserta, aquella noche se citaron dos bombarderos: Petrovic por el lado madridista y el brasileño Óscar Schmidt Becerra por el cuadro italiano. El choque fue un homenaje al baloncesto ofensivo, que acabó con el croata Drazen anotando 62 puntos, Óscar con 44, el joven Nando Gentile superando la treintena y Biriukov la veintena.

La generación de oro de los Balcanes
Antes de que Yugoslavia se desquebrajara como un enorme espejo en diferentes repúblicas, la generación más exitosa del basket balcánico se colgó una plata en los JJ.OO de Seúl 1988 y dos oros: uno en el europeo de 1989, ante Grecia, y otro en el Mundial de 1990, ante la URSS después de haberse deshecho de los EE.UU, la victoria ante los soviéticos tuvo sabor a venganza, por la derrota en la final de los Juegos Olímpicos.

Aquel grupo de deportistas convivían bajo un clima de multicultural, de camaradería y hermandad, ajenos al sentimiento prebélico que se vivía en el país y que con el paso del tiempo inevitablemente fue contagiando a los integrantes de la selección, creando una sensación de ruptura que hizo que jugadores que defendían una misma bandera y colores tomaran más tarde caminos distintos, caminos marcados por la guerra, el odio, el rencor y las rivalidades. Esquirlas que se clavan en el corazón. Hermanos irreconciliables que portaban distintos símbolos.


En ambas citas, europeo del 89 y Mundial del 90, faltó otro genio: Djordjevic, al que supuestamente los desencuentros personales con Petrovic supusieron un veto para su incursión en la selección 'plavi', un bloque que quedaba definitivamente huérfano tras el conflicto bélico de los Balcanes de 1991.

Epílogo de los ochenta
El deporte de la canasta vivió sus mejores momentos en esta década, repleta de grandes partidos, de jugadores únicos, ídolos irrepetibles repartidos por todo el continente que concebían el juego sin tanto encorsetamiento táctico. Baloncesto puro que emanaba romanticismo y que se almacenó en cintas VHS y en la memoria de los que hemos amado este deporte. Los aros os añoran. El baloncesto y los aficionados, también.

sábado, 16 de abril de 2011

Fuenlabrada animó al Partizán a conquistar Europa

La Guerra de los Balcanes comenzó en 1991 afectando en mayor o menor medida a las seis ex repúblicas que formaban parte de Yugoslavia: Serbia, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro, las cuales se vieron inmersas en una guerra civil.

El deporte obviamente no fue ajeno y la selección yugoslava de fútbol, que tan brillantemente había destacado en la Copa del Mundo de Italia 1990, tuvo que ceder su puesto en la Eurocopa de 1992, celebrada en Suecia, a Dinamarca, quien caprichosamente se proclamaría campeón de un torneo al que acudieron de rebote.

Los equipos exiliados encuentran cobijo en España
En baloncesto se produjo un éxodo de los equipos balcánicos buscando cobijo por las canchas de Europa, debido a la prohibición de la FIBA de jugar en casa para la campaña 1991-92.
Tres eran los clubes clasificados por Yugoslavia, y afectados por esta medida, el lugar que eligieron fue España.

El Slobodna Dalmacija, antigua Jugoplastika de Split (Croacia), escogió Coruña. Eran los reyes de Europa y acudían a tierras gallegas defendiendo su corona que habían conseguido en las tres ediciones anteriores, con jugadores de la talla de Kukoc, Radja, Savic o Perasovic.

Partizan de Belgrado
La Cibona de Zagreb, antiguo equipo del mítico Drazen Petrovic, se desplazó a Cádiz, donde había jugado torneos internacionales veraniegos en la cancha de Puerto Real. El conjunto croata disputó dos temporadas en tierras gaditanas.

 Mientras que el equipo serbio del Partizán de Belgrado fue a Fuenlabrada, cercana a Madrid, en el recién inaugurado pabellón dedicado al primer jugador español que disputara la NBA, Fernando Martín, quien había perdido la vida en 1989 en un accidente de tráfico.


El Pionir-Fernando Martín
Fernando MartínDespués de dos rondas clasificatorias, quedaban 16 equipos para optar al trono europeo. El Partizan fue encuadrado en el mismo grupo que el Philips Milano, el Aris de Salónica, Maes Pils de Malinas, Bayer Leverkusen, Comodor Den Helder de Holanda y los conjuntos españoles del Joventut de Badalona y Estudiantes.

Parecía muy complicada la clasificación para el equipo serbio, máxime no jugando en casa, pero el público fuenlabreño se identificó con el Partizan convirtiendo al pabellón  Fernando Martín en una sucursal de la cancha Pionir de Belgrado.

El Partizán enamora a Fuenlabrada
El objetivo era quedar entre los cuatro primeros para acceder a cuartos de final, y Fuenlabrada se alió con el Partizán, consiguiendo el conjunto balcánico 6 victorias en “casa”, incluyendo el sorprendente partido ante Joventut con el pabellón madrileño animando al equipo serbio en vez de al cuadro catalán. Lo que irritó y sorprendió en el conjunto verdinegro y gran parte del periodismo nacional. La única derrota vino ante Estudiantes, que actuaba más de local en aquel partido que el propio conjunto de Belgrado, dada la cercanía con Madrid.

Con 9 victorias y 5 derrotas el Partizán pasaba a cuartos de final dirigido por un debutante Obradovic, 31 años, quien comenzaba su leyenda como entrenador en la Euroliga.

Regreso a casa en cuartos de final
Tras el alto el fuego decretado en la guerra, la FIBA permitió al Patizán jugar su primer y único partido de la temporada en Belgrado, con representación fuenlabreña en el palco de honor, frente a la Knorr de Bolonia, de Brunamonti y Binelli, al que eliminó en tres partidos con el factor cancha en contra.

La 'Final Four' de Estambul
Como el nombre del club indica, los partisanos fueron unos guerrilleros que lucharon ante la adversidad, y el club de Belgrado se había encontrado muchas hasta llegar a la Final Four de Estambul, donde volvían a verse las caras con viejos conocidos, todos provenían del grupo B de clasificación, primero en semifinales ante el Philips de Milán, de Riva, Pittis y Rogers, y después en la gran final ante el Joventut de Badalona, que había derrotado a Estudiantes.

Triple Djordjevic Partizán
En aquel encuentro, con apenas 300 seguidores serbios en las gradas para animarlos, el electrónico reflejaba un empate a 68 en los minutos finales. Los nervios habían podido con Villacampa y Morales que tuvieron desde los tiros libres la posibilidad de dar el título al equipo catalán, pero fue Tomás Jofresa, quien estaba tomando la responsabilidad del ataque de la 'penya' en las últimas acciones, el que anotó de manera inverosímil una entrada a canasta que parecía ser la definitiva.

Si hay una zona en Europa que tienen 'gen ganador' esa está en los Balcanes y “Sasha” Djordjevic, que después jugaría en el Barça y en el Real Madrid, era especialista en dar la puntilla desde la línea de tres puntos.

Aquella noche del 16 de abril de 1992 no fue una excepción, a falta de 4 segundos en una posición incómoda y defendido por dos hombres, se levantó para anotar dando al Partizán, y a Fuenlabrada, su único campeonato de Europa.


Plantilla del Partizan de 'Fuenlabrada':
4. Aleksandar Djordjević, 5. Predrag Danilović, 6. Nikola Lončar, 7. Igor Perović, 8. Zoran Stevanović, 9. Igor Mihajlovski, 10. Dragiša Šarić, 11. Željko Rebrača, 12. Mladan Šilobad, 13. Slaviša Koprivica, 14. Vladimir Dragutinović, 15. Ivo Nakić, 16. Branko Sindjelić.

Dirigidos por Željko Obradović que tiene el increíble palmarés de haber ganado siete veces la competición: Partizan 1992, Joventut 1994, Real Madrid 1995, Panathinaikos 2000, 2002, 2007 y 2009.

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